Pelota de trapo

Pelota de trapo:
arisco resumen
de todas mis ansias,
ovillo apretado
de todo mi anhelo
de niño travieso:
tú tienes un alma.

Mi afán hecho cuenco,
mis manos ansiosas,
tus formas moldearon
cuando eras apenas
pedazos de trapo.

Mi canto inocente
cuando ibas naciendo
te dio con ternura
su arrullo de cuna
y en cálidas hondas
bajando mi sangre
te meció en el hueco
de mi mano tierna.

Y liando esperanzas,
forjando victorias,
te fueron plasmando
mis manos artistas
cuando eras informe
puñado de trapo.

Tú tienes un alma,
pelota de trapo;
yo bien he sentido
tu vida en mis manos,
por eso vibrante
tú saltas nerviosa,
cual pájaro loco,
delante la valla
tocada del mismo
febril entusiasmo;
por eso en las libres
volando a las nubes,
tú vuelves trayendo
gozosa en tu fibra
girones de cielo.

Y cuando en corridas
al filo del cornerv
el cabello al viento,
la intención en punta
midiendo distancias
con ojo certero
y en tiro impecable
te pongo en el arco,
tan sólo una curva
describe en los aires
tu impulso y mis ansias.

Pelotas de trapo:
tú siempre me guías
corriendo delante
cuando hago mandados,
sin ti en los recreos
no habría entusiasmo,
ni fiestas serían
sin ti los feriados.

Por estas notables
virtudes te llamo;
mi fiel compañera,
te sigo y me sigues,
por eso en mis juegos
de niño travieso
me bastas y sobras,
pelota de trapo.

Los indios

Y llegaron los indios... no sabemos de dónde,
su estirpe primigenia profundo abismo esconde,
hundida allá en el fondo pretérito y arcano
del báratro del tiempo en el confín lejano,
envuelta en los cendales brumosos de lo ignoto,
allá tras la leyenda, en el pasado remoto,
se pierde en lontananza de incierta trayectoria,
más allá de la ciencia, más allá de la Historia.

Llegaron a estas tierras... no sabemos de dónde,
requerimos su origen, el misterio responde
con la voz que le viene de más allá del mito,
del fondo de los siglos, del espacio infinito,
vibrando como un eco perdido en el abismo,
escapado en la noche fatal del cataclismo:
como un aliento vago, etéreo y fugitivo,
mensaje intraducible del hombre primitivo.

Y llegaron los indios... no sabemos de dónde,
por más que se investigue y la grave Historia ahonde
la búsqueda del rostro de aquella planta ruda,
en pie queda la esfinge, impenetrable y muda;
quizás fueron marinos de procelosas aguas,
pilotos de canoas, remeros de piraguas
de aquella mar inmensa que en el fósil perdura
y en el piélago vítreo del salitral fulgura.

No sabemos de dónde llegaron a esta tierra:
si en pacífica marcha o en fiero son de guerra,
si huyendo en la derrota o en pos de la conquista;
lo cierto es que tenían la aptitud del artista,
la magia primorosa que exaltó el alfarero
y el nervio tenso y duro del trágico flechero.
No sabemos qué sino les acució el anhelo
del alzar su aduar primero y quedarse en este suelo.

Lo cierto es que encontraron propicio a su albedrío
la selva primitiva, la bendición del río;
la fauna les brindaba copiosos ejemplares:
su bella piel pintada les dieron los jaguares
para abrigar su cuerpo, para entibiar su nido;
el suri su plumaje brindó para el vestido...
Y ante el bien que le entrega la tierra hospitalaria
la torva tribu errante se vuelve sedentaria.

Y en túmulos augustos, testigos sempiternos,
sepulcros enigmáticos y de hálitos eternos
guardaron sus despojos aquellos seres duros,
terribles en la guerra o artífices seguros
que estiraban la cuerda o trabajaban la arcilla
alcanzando del arte la sutil maravilla
de plasmar en las urnas, que artistas las decoran,
dos ojos que nos miran y que en silencio lloran.